[/caption] La discusión por la ley del matrimonio igualitario está a punto de llegar a la cima, y yo recién me siento a escribir esto.Necesité tomarme un tiempo, no para establecer una posición (la tengo bien establecida), sino para bajar los decibeles: cada vez que vi un debate, lo escuché por la radio, o leí alguno de los argumentos de los "pro familia", tuve ganas de salir a sacarle los chupetes a los bebés, las muñecas a las nenas y patear en las espinillas a los curas. Ahora estoy un poco (sólo un poco) más tranquila.
Y empiezo diciendo que me da vergüenza que el debate se plantee de esta manera. A cada argumento construido con lógica y fundamentos de quienes estamos a favor, los que están en contra responden con frases apocalípticas. Las dos más escuchadas "se ataca directamente a la familia, se la degrada y va a desaparecer" y "no es natural". Gente, estos argumentos ya los escuché, y no me refiero al divorcio ni a la abolición de la esclavitud, ni a la presencia de alma en las mujeres. e refiero a un debate que se inició en Corrientes hace unos pocos años: el derecho a la ligadura de trompas en los hospitales públicos.
Me acuerdo de argumentos calcados: "No es natural", "el sexo es para procrear", "se está destrozando la familia" este con el derivado de "corrientes se va a quedar sin niños". Y como hoy, esos argumentos no salían sólo de la Iglesia... salían de la boca de diputados y senadores de la provincia en la que vivo.
Este debate, como aquel, está desfasado. Otra vez, se vuelve sobre por qué algunos tienen derechos y otros no, cuando se supone que todos somos iguales. En aquel debate, la diferencia era la disponibilidad de dinero o de acceso a la salud privada, porque cualquiera conoce al menos 4 mujeres que se hayan ligado las trompas a pesar de que el código civil establecía que era un delito. Hoy la diferencia tiene que ver con a quién se ama. Si, digo a quién, porque la identidad sexual es parte de quién es cada uno, y (esta frase me la robo de uno de los afiches de la marcha de hace dos semanas) "todos somos iguales en nuestras diferencias".
[caption id="" align="aligncenter" width="648" caption="Familias distintas"]
[/caption]Otra vez se cuestionan realidades que ya existen, pero con derechos limitados. Antes fue que quienes tenían dinero se hacían las ligaduras (pero en público lo negaban, "si mi iglesia está en contra") y quienes no, parían como conejos. Hoy se quiere evitar la legislación que permite que familias constituidas tengan derechos similares a las "familias tipo" o a las "familias modelo", que si los tienen. Porque acá hay que hablar claro: esas familias existen, y están en riesgo. Están en riesgo porque en los casos en que tienen hijos, si muere el padre o la madre legal, el otro, el que la ley no considera cónyuge, no tiene ninguna responsabilidad sobre ese niño o niña, que en el mejor de los casos irá a parar a lo de un familiar, y en el peor a una institución. En caso de separación de los no-cónyuges, no hay derecho a cuota alimentaria.
Están en riesgo porque si sólo uno trabaja, el otro no tiene cobertura de salud, no tiene derecho a división de bienes ni a cuota alimentaria cuando se separan. Y así un largo etcétera.
[caption id="" align="aligncenter" width="648" caption="El mismo amor, los mismos derechos"]
[/caption]Los que apoyan la unión civil dicen que con este trámite el problema se soluciona. Que no hace falta el matrimonio para crear derechos que tienen que ver con el contrato que hacen los cónyuges ante el estado. Ahora, precisamente de eso estamos hablando: el matrimonio es un trámite que se hace ante el estado por el que dos personas adultas en uso de razón deciden y expresan la creación de la sociedad conyugal. Entonces ¿cuál es la diferencia? ¿por qué marcarla con una institución completamente diferente, basada solamente en a quién se ama, a quién se elige como compañerx de toda la vida? Porque, aclaremos: acá nadie discute el sacramento del matrimonio, eso es cosa de otra institución que nada tiene que ver (o al menos así debería ser) con el Estado, que es la iglesia. Si la iglesia quiere impedir que parejas gay o lesbianas se casen, cosa de ella, en sus templos, y con su ley. Pero no veo por qué deberían decidir sobre la vida de personas que no comparten su fe.
Este argumento, el de la unión civil (apoyada por la iglesia en la búsqueda del "mal menor") también deja de lado los argumentos del tipo "después se van a querer casar con un coatí". El matrimonio es un contrato en el que dos personas legalmente adultas expresan su consentimiento sobre un contrato conyugal. No veo a un delfín o a un coatí diciendo "si, quiero" y estampando su firma en el libro de actas del Registro Civil. De la misma forma, lo de la edad legal pone coto al supuesto del matrimonio por pedofilia (no se discute el cambio de la edad legal): a partir de los 18 con consentimiento de los padres y a partir de los 21 sin él.
La ley que se discute viene a poner blanco sobre negro en un sector de la sociedad que hoy vive en un gris permanente: el apartheid que viven quienes aman a personas del mismo sexo, que les impide formar familias con derechos plenos, no sostiene un solo estudio de ningún tipo que sostenga el argumento de "el daño al niño". Nadie hace un estudio de habilidades y competencias a un heterosexual para "permitirle" ser padre, y en los casos de adopción, el estudio socioambiental de la familia adoptante no incluye "perversiones", sino que se evalúa, básicamente, la posibilidad de sostén económico y emocional del niño. Y como ocurre en todos los casos, la orientación sexual no garantiza ni impide que haya abusos, descuidos, violencia, males que compartimos, como seres humanos que somos, homosexuales, heterosexuales, bisexuales y trans.
Dejaré para otro post la connotación negativa que tiene el ser homosexual, uno de los velados centros de la discusión.
[caption id="" align="aligncenter" width="600" caption="Composición: "La familia""]
[/caption]Hoy discutimos la verdadera igualdad ante la ley, que dejen de existir "unos más iguales que otros". Como ser humano, quiero una sociedad más justa, y como heterosexual casada que soy, quiero esa sociedad justa para mis hijos: yo transmitiré, como pueda, como hicieron mis padres (gracias mamá y papá por enseñarme que todos somos iguales a pesar de que somos diferentes), que esa igualdad debe ser práctica, no sólo de discurso. Pero quiero que el Estado, como lo que es, garantice que si mañana mis hijos son homosexuales, no serán ciudadanos de segunda.
* Las tiras que ilustran esta entrada pertenecen al blog Son y son
No hay comentarios:
Publicar un comentario